Prometeo della pietra

Abrió las puertas del taller con lentitud. Un vasto espacio rectangular se presentaba ante él. Al enfocar la mirada en los laterales, la vista seguía las largas mesas que corrían paralelas a las paredes, separadas por un pasillo central que atravesaba toda la nave. En estas mesas se encontraban perfectamente ordenadas todas las herramientas de los aprendices. Martillos de diferentes tamaños, cinceles planos y puntiagudos, limas, cepillos e incluso reglas y compases para realizar cálculos y mediciones de las obras. También podían encontrarse bocetos y planos en algunas de ellas, que indicaban un gran alarde de planificación a la hora de trabajar en las diferentes esculturas. Unos metros por encima de estas mesas, las paredes lucían enormes ventanales que dejaban pasar la luz del sol con toda su majestuosidad, pero que, cubiertos en su totalidad por cortinas de lino de la mejor calidad, distribuían la claridad de forma pareja por todo el habitáculo, eliminando las sombras tan temidas por los escultores. Cuántas veces una pieza había tenido que ser descartada por un fallo cometido por un engaño de la iluminación. No había espacio para el error en aquel taller.

El maestro escultor respiró una profunda bocanada del aire enrarecido de aquel lugar. El polvo era una constante imposible de eliminar totalmente de aquel espacio de trabajo. Siempre suspendido en el ambiente, obligaba a oficiales y aprendices a tapar sus narices y sus bocas con pañuelos y a refrescarse continuamente con agua fresca del tonel que había justo en la entrada del recinto. Él no lo hacía. Le gustaba inhalar las pequeñas partículas de roca y se enorgullecía de saber distinguir la calidad de un mármol por su “aroma”.

Dejó atrás todos estos detalles insignificantes, caminando por entre las obras inacabadas de sus pupilos. Muy pocos de ellos tenían talento y, por supuesto, ninguno tenía su talento. Eso le entristecía, puesto que, si al menos uno de ellos hubiera tenido mayores capacidades, habrían podido pelear juntos contra los otros talleres florentinos. Con esa turba de incompetentes, más deseosos de martillear la roca que de pulir cada pequeño detalle, poco se podía hacer. Tendría que hacerlo todo solo una vez más.

Por eso siguió caminando hasta llegar al fondo de la sala y se adentró en el taller secundario. Su templo. Allí, rodeado de cuerdas, poleas, grúas y aparejos de madera, se encontraba su mayor creación. Aunque realmente, como no paraba de repetir con enfermiza insistencia a todo aquel que quisiera escucharle, él solo había sacado del interior lo que ya estaba allí. En la intimidad, se reía de su propia genialidad; la originalidad de aquella frase pasaría a la historia una vez que la obra fuera presentada en sociedad. Sin embargo, él sabía mejor que nadie que habían sido tres interminables y extenuantes años de trabajo hasta conseguir finalizar aquella obra imposible. Otros se habían rendido antes con aquel gigantesco trozo de mármol de Carrara, lo habían dado por imposible; pero él no, y así demostraba su inconmensurable habilidad una vez más.

Tiró con fuerza de la sábana que cubría su creación, destinada a resguardarla, sobre todo, de miradas indiscretas. Allí estaba su gigante. Apoyando su peso con gracia y decisión sobre su pierna derecha; había tenido que hacer grandes esfuerzos para sobreponerse a los estropicios que esos maestruchos de segunda habían causado en el bloque antes de que él se pusiera a trabajar. No seguía las proporciones clásicas estipuladas, pero no por falta de habilidad, sino precisamente debido a ella. Visto desde abajo y a cierta distancia, esas desproporciones mejoraban la composición. Hasta ese punto alcanzaba su brillantez.

Pero faltaba algo. Por más vueltas y más vueltas que le daba no sabía el qué. Por más detalles anatómicos que incluyera, por más precisión y pulido, no terminaba de ser perfecto. Y quería que fuera perfecto, necesitaba que lo fuera. David no estaba allí, su David no tenía alma.

Acercó un taburete bajo la estatua y, apoyando la frente en las manos, cerró los ojos. Y esperó. La luz fue poco a poco desapareciendo del espacio. Los sonidos de la ciudad que se filtraban entre las maderas del edificio fueron poco a poco decreciendo hasta casi desaparecer. La quietud empezó a invadirlo, seguida de una calma densa y envolvente. Inhalando y exhalando al ritmo de los latidos calmados de su corazón, empezó a susurrar: «Concededme, musas, vuestra gracia una vez más. No me abandonéis justo ahora» .

No había terminado de pronunciar la última de estas palabras cuando lo vio. Rápido y certero como el vuelo del halcón: los ojos.

Se alzó, cincel y martillo en mano, sobre el pequeño andamio de madera erguido ante el rostro de David. Tres pequeños golpes precisos por cada ojo. Allí estaba.

Bajó corriendo para verlo desde abajo en toda su majestuosidad y lo que observó lo impresionó. Cayó de espaldas una vez más sobre el pequeño asiento de madera y rompió a llorar. Lágrimas de alegría y orgullo caían sin cesar por su cara. Dios mío, allí estaba. El alma del David.

Pero entonces escuchó el peor sonido que puede escuchar un maestro escultor: el crujido inesperado de la roca. Quizás había golpeado demasiado fuerte, llevado por la emoción del momento. No quería levantar la cabeza; se negaba a observar la grieta que debía de haberse abierto en el mármol. Y el crujido volvió a sonar. Esta vez, más fuerte. Más cerca. Ahora sí que iba a ser imposible de salvar. Abatido, levantó el rostro hacia David.

—Shalom, Michelangelo. La pace del Signore sia con te.

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